Clarice Lispector
Un poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subió al tranvía. Depositó la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó a andar. Entonces se recostó en el banco en busca de comodidad, con un suspiro casi de satisfacción. Los hijos de Ana eran buenos, algo verdadero y jugoso. Crecían, se bañaban, exigían, malcriados, por momentos cada vez más completos. La cocina era espaciosa, el fogón estaba descompuesto y hacía explosiones. El calor era fuerte en el departamento que estaban pagando de a poco. Pero el viento golpeando las cortinas que ella misma cortara recordaba que si quería podía enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo mismo que un labrador. Ella había plantado las simientes que tenía en la mano, no las otras, sino esas mismas. Y los árboles crecían. Crecía su rápida conversación con el cobrador de la luz, crecía el agua llenando la pileta, crecían sus hijos, crecía la mesa con comidas, el marido llegando con los diarios y sonriendo de hambre, el canto importuno de las sirvientas del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequeña y fuerte, su corriente de vida.
Cierta hora de la tarde era la más peligrosa. A cierta hora de la tarde los árboles que ella plantara se reían de ella. Cuando ya no precisaba más de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, sentíase más sólido que nunca, su cuerpo había engrosado un poco, y había que ver la forma en que cortaba blusas para los chicos, con la gran tijera restallando sobre el género. Todo su deseo vagamente artístico hacía mucho que se había encaminado a transformar los días bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por lo decorativo se había desarrollado suplantando su íntimo desorden. Parecía haber descubierto que todo era pasible de perfeccionamiento, que a cada cosa se prestaría una apariencia armoniosa; la vida podría ser hecha por la mano del hombre.
En el fondo, Ana siempre había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar, sorprendentemente. Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se casara era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había surgido de ella muy pronto para descubrir que también sin la felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja –con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le sucediera a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre afuera de su alcance: era una exaltación perturbada a la que tantas veces confundiera con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo había querido ella y así lo había escogido.
Su precaución se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde; cuando la casa estaba vacía y sin necesitar ya de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia distribuido en su ocupaciones. Mirando los muebles limpios, su corazón se apretaba un poco con espanto. Pero en su vida no había lugar para sentir ternura por su espanto –ella lo sofocaba con la misma habilidad que le habían transmitido los trabajos de la casa. Entonces salía para hacer las compras o llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de la familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía ya era el final de la tarde y los niños, de regreso del colegio, la exigían. Así llegaría la noche, con su tranquila vibración. De mañana despertaría aureolada por los tranquilos deberes. Nuevamente encontraba los muebles sucios y llenos de polvo, como si regresaran arrepentidos. En cuanto a ella misma, formaba oscuramente parte de las raíces negras y suaves del mundo. Y alimentaba anónimamente la vida. Y eso estaba bien. Así lo había querido y elegido ella.
El tranvía vacilaba sobre las vías, entraba en calles anchas. En seguida soplaba un viento más húmedo anunciando, mucho más que el fin de la tarde, el final de la hora inestable. Ana respiró profundamente y una gran aceptación dio a su rostro un aire de mujer.
El tranvía se arrastraba, en seguida se detenía. Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el hombre detenido en la parada. La diferencia entre él y los otros era que él estaba realmente detenido. De pie, sus manos se mantenían extendidas. Era un ciego.
¿Qué otra cosa había hecho que Ana se fijase erizada de sospecha? Algo inquietante estaba pasando. Entonces lo advirtió: el ciego masticaba chicles... Un hombre ciego masticaba chicles.
Ana todavía tuvo tiempo de pensar por un segundo que los hermanos irían a comer, el corazón latía con violencia, espaciadamente. Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira lo que no nos ve. Él masticaba goma en la oscuridad. Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento, al masticar lo hacía parecer sonriente y de pronto dejó de sonreír, sonreír y dejar de sonreír –como si él la hubiese insultado, Ana lo miraba. Y quien la viese tendría la impresión de una mujer con odio. Pero continuaba mirándolo, cada vez más inclinada –el tranvía arrancó súbitamente arrojándola desprevenida hacia atrás, la pesada bolsa de malla rodó de su regazo y cayó en el suelo—, Ana dio un grito y el conductor impartió la orden de parar antes de saber de qué se trataba –el tranvía se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió pálida. Una expresión desde hacía tiempo no usada en el rostro resurgía con dificultad, todavía incierta, incomprensible. El muchacho de los diarios reía entregándole sus paquetes. Pero los huevos se habían quebrado en el paquete de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre los hilos de la malla. El ciego había interrumpido su tarea de masticar chicles y extendía las manos inseguras, intentando inútilmente percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía reinició nuevamente la marcha.
Pocos instantes después ya nadie la miraba. El tranvía se sacudía sobre los rieles y el ciego masticando chicles había quedado atrás para siempre. Pero el mal ya estaba hecho.
La bolsa de malla era áspera entre sus dedos, no íntima como cuando la tejiera. La bolsa había perdido el sentido y estar en un tranvía era un hilo roto; no sabía qué hacer con las compras en el regazo. Y como una extraña música, el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba hecho. ¿Por qué?, ¿acaso se había olvidado de que había ciegos? La piedad la sofocaba, y Ana respiraba con dificultad. Aún las cosas que existían antes de lo sucedido ahora estaban precavidas, tenían un aire hostil, perecedero... El mundo nuevamente se había transformado en un malestar. Varios años se desmoronaban, las yemas amarillas se escurrían. Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad –y por un momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabían hacia dónde ir. Notar una ausencia de ley fue tan súbito que Ana se agarró al banco de enfrente, como si se pudiera caer del tranvía, como si las cosas pudieran ser revertidas con la misma calma con que no lo eran. Aquello que ella llamaba crisis había venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso con que ahora gozaba de las cosas, sufriendo espantada. El calor se había vuelto menos sofocante, todo había ganado una fuerza y unas voces más altas. En la calle Voluntarios de la Patria parecía que estaba pronta a estallar una revolución. Las rejas de las cloacas estaban secas, el aire cargado de polvo. Un ciego mascando chicles había sumergido el mundo en oscura impaciencia. En cada persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego, y las personas la asustaban con el vigor que poseían. Junto a ella había una señora de azul, ¡con un rostro! Desvió la mirada, rápido. ¡En la acera, una mujer dio un empujón al hijo! Dos novios entrelazaban los dedos sonriendo... ¿Y el ciego? Ana se había deslizado hacia una bondad extremadamente dolorosa.
Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto de que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba a una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicles lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca.
Solamente entonces percibió que hacía mucho que había pasado la parada para descender. En la debilidad en que estaba, todo la alcanzaba con un susto; descendió del tranvía con piernas débiles, miró a su alrededor, asegurando la bolsa de malla sucia de huevo. Por un momento no consiguió orientarse. Le parecía haber descendido en medio de la noche.
Era una calle larga, con altos muros amarillos. Su corazón latía con miedo, ella buscaba inútilmente reconocer los alrededores, mientras la vida que descubriera continuaba latiendo y un viento más tibio y más misterioso le rodeaba el rostro. Se quedó parada mirando el muro. Al fin pudo ubicarse. Caminando un poco más a lo largo de la tapia, cruzó los portones del Jardín Botánico.
Caminaba pesadamente por la alameda central, entre los cocoteros. No había nadie en el jardín. Dejó los paquetes en el suelo, se sentó en un banco de un atajo y allí se quedó por algún tiempo.
La vastedad parecía calmarla, el silencio regulaba su respiración. Ella adormecía dentro de sí.
De lejos se veía la hilera de árboles donde la tarde era clara y redonda. Pero la penumbra de las ramas cubría el atajo.
A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas sorpresas entre los "cipós". Todo el Jardín era triturado por los instantes ya más apresurados de la tarde. ¿De dónde venía el medio sueño por el cual estaba rodeada? Como por un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño, demasiado suave, demasiado grande.
Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó –se volvió rápida. Nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba inmóvil un poderoso gato. Su pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa, desapareció.
Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de repente, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba a apercibirse.
En los árboles las frutas eran negras, dulces como la miel. En el suelo había carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas. Con suavidad intensa las aguas rumoreaban. En el tronco del árbol se pegaban las lujosas patas de una araña. La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos.
Al mismo tiempo que imaginario, era un mundo para comerlo con los dientes, un mundo de grandes dalias y tulipanes. Los troncos eran recorridos por parásitas con hojas, y el brazo era suave, apretado. Como el rechazo que precedía a una entrega, era fascinante, la mujer sentía asco, y a la vez era fascinada.
Los árboles estaban cargados, el mundo era tan rico que se pudría. Cuando Ana pensó que había niños y hombres grandes con hambre, la náusea le subió a la garganta, como si ella estuviera grávida y abandonada. La moral del Jardín era otra. Ahora que el ciego la había guiado hasta él, se estremecía en los primeros pasos de un mundo brillante, sombrío, donde las victoria-regias flotaban, monstruosas. Las pequeñas flores esparcidas sobre el césped no le parecían amarillas o rosadas, sino del color de un mal oro y escarlatas. La descomposición era profunda, perfumada... Pero todas las pesadas cosas eran vistas por ella con la cabeza rodeada de un enjambre de insectos, enviados por la vida más delicada del mundo. La brisa se insinuaba entre las flores. Ana, más adivinaba que sentía su olor dulzón... El Jardín era tan bonito que ella tuvo miedo del Infierno.
Ahora era casi noche y todo parecía lleno, pesado, un "esquilo" (1) pareció volar en la sombra. Bajo los pies la tierra estaba fofa, Ana la aspiraba con delicia. Era fascinante, y ella sentíase mareada.
Pero cuando recordó a los niños, frente a los cuales había vuelto culpable, se irguió con una exclamación de dolor. Tomó el paquete, avanzó por el atajo oscuro y alcanzó la alameda. Casi corría –y veía el Jardín en torno de ella, con su soberbia impersonalidad. Sacudió los portones cerrados, los sacudía apretando la madera áspera. El cuidador apareció asustado por no haberla visto.
Hasta que no llegó a la puerta del edificio, había parecido estar al borde del desastre. Corrió con la bolsa hasta el ascensor, su alma golpeaba en el pecho –¿qué sucedía? La piedad por el ciego era muy violenta, como una ansiedad, pero el mundo le parecía suyo, sucio, perecedero, suyo. Abrió la puerta de la casa. La sala era grande, cuadrada, los picaportes brillaban limpios, los vidrios de las ventanas brillaban, la lámpara brillaba –¿qué nueva tierra era esa? Y por un instante la vida sana que hasta entonces llevara le pareció una manera moralmente loca de vivir. El niño que se acercó corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que corría y la abrazaba. Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía, trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto fuera creado—amaba con repugnancia. Del mismo modo en que siempre fuera fascinada por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la proximidad de la verdad le provocaba, avisándola. Abrazó al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como si supiera de un mal –¿el ciego o el Jardín Botánico?—se prendía a él, a quien quería por encima de todo. Había sido alcanzada por el demonio de la fe. La vida es horrible, dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría en el caso de seguir el llamado del ciego? Iría sola... Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos... Tengo miedo, dijo. Sentía las costillas delicadas de la criatura entre los brazos, escuchó su llanto asustado. Mamá, exclamó el niño. Lo alejó de sí, miró aquel rostro, su corazón se crispó. No dejes que mamá te olvide, le dijo. El niño, apenas sintió que el abrazo se aflojaba, escapó y corrió hasta la puerta de la habitación, de donde la miró más seguro. Era la peor mirada que jamás recibiera. La sangre le subió al rostro, afiebrándolo.
Se dejo caer en una silla, con los dedos todavía presos en la bolsa de malla. ¿De qué tenía vergüenza?
No había cómo huir. Los días que ella forjara se habían roto en la costra y el agua se escapaba. Estaba delante de la ostra. Y no sabía cómo mirarla. ¿De qué tenía vergüenza? Porque ya no se trataba de piedad, no era solamente piedad: su corazón se había llenado con el peor deseo de vivir.
Ya no sabía si estaba del otro lado del ciego o de las espesas plantas. El hombre poco a poco se había distanciado, y torturada ella parecía haber pasado para el lado de los que le habían herido los ojos. El Jardín Botánico, tranquilo y alto, la revelaba. Con horror descubría que ella pertenecía a la parte fuerte del mundo –¿y qué nombre se debería dar a su misericordia violenta? Sería obligada a besar al leproso, pues nunca sería solamente su hermana. Un ciego me llevó hasta lo peor de mí misma, pensó asustada. Sentíase expulsada porque ningún pobre bebería agua en sus manos ardientes. ¡Ah!, ¡era más fácil ser un santo que una persona! Por Dios, ¿no había sido verdadera la piedad que sondeara en su corazón las aguas más profundas? Pero era una piedad de león.
Humillada, sabía que el ciego preferiría un amor más pobre. Y, estremeciéndose, también sabía por qué. La vida del Jardín Botánico la llamaba como el lobisón es llamado por la luna. ¡Oh, pero ella amaba al ciego!, pensó con los ojos humedecidos. Sin embargo, no era con ese sentimiento con el que se va a la iglesia. Estoy con miedo, se dijo, sola en la sala. Se levantó y fue a la cocina para ayudar a la sirvienta a preparar la cena.
Pero la vida la estremecía, como un frío. Oía la campana de la escuela, lejana y constante. El pequeño horror del polvo ligando en hilos la parte inferior del fogón, donde descubrió la pequeña araña. Llevando el florero para cambiar el agua –estaba el horror de la flor entregándose lánguida y asquerosa a sus manos. El mismo trabajo secreto se hacía allí en la cocina. Cerca de la lata de basura, aplastó con el pie una hormiga. El pequeño asesinato de la hormiga. El pequeño cuerpo temblaba. Las gotas de agua caían en el agua quieta de la pileta. Los abejorros de verano. El horror de los abejorros inexpresivos. Alrededor se extendía una vida silenciosa, lenta e insistente. Horror, horror. Caminaba de un lado a otro de la cocina, cortando los bifes, batiendo la crema. En torno a su cabeza, en una ronda, en torno de la luz, los mosquitos de una noche cálida. Una noche en que la piedad era tan cruda como el mal amor. Entre los dos senos corría el sudor. La fe se quebrantaba, el calor del horno ardía en sus ojos.
Después vino el marido, vinieron los hermanos y sus mujeres, vinieron los hijos de los hermanos.
Comieron con las ventanas todas abiertas, en el noveno piso. Un avión estremecía, amenazando en el calor del cielo. A pesar de haber usado pocos huevos, la comida estaba buena. También sus chicos se quedaron despiertos, jugando en la alfombra con los otros. Era verano, sería inútil obligarlos a ir a dormir. Ana estaba un poco pálida y reía suavemente con los otros.
Finalmente, después de la comida, la primera brisa más fresca entró por las ventanas. Ellos rodeaban la mesa, ellos, la familia. Cansados del día, felices al no disentir, bien dispuestos a no ver defectos. Se reían de todo, con el corazón bondadoso y humano. Los chicos crecían admirablemente alrededor de ellos. Y como una mariposa, Ana sujetó el instante entre los dedos antes que él desapareciera para siempre.
Después, cuando todos se fueron y los chicos estaban acostados, ella era una mujer inerte que miraba por la ventana. La ciudad estaba adormecida y caliente. Y lo que el ciego había desencadenado, ¿cabría en sus días? ¿Cuántos años le llevaría envejecer de nuevo? Cualquier movimiento de ella, y pisaría a uno de los chicos. Pero con una maldad de amante, parecía aceptar que de la flor saliera el mosquito, que las victoria-regias flotasen en la oscuridad del lago. El ciego pendía entre los frutos del Jardín Botánico.
¡Si ella fuera un abejorro del fogón, el fuego ya habría abrazado toda la casa!, pensó corriendo hacia la cocina y tropezando con su marido frente al café derramado.
—¿Qué fue? –gritó vibrando todo.
Él se asustó por el miedo de la mujer. Y de repente rió, entendiendo:
—No fue nada –dijo—, soy un descuidado. –Él parecía cansado, con ojeras.
Pero ante el extraño rostro de Ana, la observó con mayor atención. Después la atrajo hacia sí, en rápida caricia.
—¡No quiero que te suceda nada, nunca! –dijo ella.
—Deja que por lo menos me suceda que el fogón explote –respondió él, sonriendo. Ella continuó sin fuerza en su brazos. Ese día, a la tarde, algo tranquilo había estallado, y en toda la casa había un clima humorístico, triste.
-Es hora de dormir –dijo él—, es tarde. –En un gesto que no era el de él, pero que le pareció natural, tomó la mano de la mujer llevándola consigo sin mirar para atrás, alejándola del peligro de vivir. Había terminado el vértigo de la bondad.
Había atravesado el amor y su infierno, ahora peinábase delante del espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día.
(1) "Esquilo": pequeño mamífero roedor (N. del T.).
Traducción: Haydée M. Jofre Barroso
Clarice Lispector
(Brasil, 1920-1977)
Narradora brasileña, que nació en Ucrania, pero que, cuando era pequeña, se trasladó con su familia a Recife. Después se instaló en Río de Janeiro, donde estudió derecho. Estuvo en Nápoles, trabajando en el hospital de la Fuerza Expedicionaria Brasileña, y después en Suiza y Estados Unidos. Su primera novela, escrita a los 17 años, Cerca del corazón salvaje (1944) la hizo merecedora del premio Graça Aranha. Después de publicar La manzana en la oscuridad (1961), despertó el interés de la crítica literaria, que la situó, junto con João Guimarães Rosa, en el centro de la ficción de vanguardia. En su obra se descubre un uso intenso de la metáfora, atmósfera íntima y ruptura con la peripecia basada en hechos, principalmente en La pasión según G. H. (1964) y Aprendizaje o el libro de los placeres (1969). En el contexto de la nueva literatura brasileña, su obra se destaca por la exaltación de la vivencia interior y por el salto de lo psicológico a lo metafísico. En el plano ontológico, se produce el encuentro entre una conciencia y un cuerpo, en estado de materialidad neutra. En su narración pueden identificarse varias crisis: crisis del personaje-ego, resuelta no a través del intimismo, sino en la búsqueda consciente de lo supraindividual; crisis de la narración, a través de un estilo inquisitivo; crisis de la función documental de la prosa novelesca. Parte del presupuesto de que toda obra es novela de educación existencial. De su vasta producción literaria, desde La ciudad sitiada (1949) hasta La bella y la bestia (1979), merecen recordarse los cuentos Lazos de familia (1960, traducidos al español por Cristina Peri Rossi en 1988), La legión extranjera (1964), y las novelas La imitación de la rosa (1973), Agua viva (1977), La hora de la estrella (1977) y Un soplo de vida (póstuma, 1978). Murió en Río de Janeiro.
martes, 6 de abril de 2010
EL FONDO DE LOS FONDOS
EL FONDO DE LOS FONDOS
Alan Pauls
Yo escribo a falta de una mano en mi mano, a falta de dos ojos frente a los míos, a falta de un cuerpo exterior a mí sobre el cual apoyarme —un minuto siquiera— y llorar. (Lágrimas visibles, que se puedan secar, que la mano deseada pueda enjugar.)
Alejandra Pizarnik, Diarios.
Según una superstición bastante difundida, lo verdaderamente íntimo no se dice. Es lo que no acepta declararse, lo que no se deja tocar por el relato. No tanto por inconfesable (eso sería lo privado, que es como el gemelo usurpador, la parodia, el alter ego cínico de lo íntimo) como por inefable o por remoto: por estar de algún modo más allá o más acá del lenguaje. Es como si acceder a lo íntimo exigiera una travesía demasiado larga, demasiado intrincada, y ninguna de las descripciones que en principio podrían retratarlo lograran sobrevivir al viaje de regreso. Sólo que esa condición muda, esa facultad de resistir al lenguaje, son la marca menos de un déficit que de una potencia: en verdad, lo íntimo es lo que se da el lujo de prescindir de las palabras. Es el lugar común del discurso amoroso: los enamorados se dicen todo con sólo mirarse, sin tener que hablar, y esa especie de economía expresiva paradójica, completamente lacónica y completamente elocuente, es la evidencia misma de la verdad de la experiencia amorosa. No se trata de una sustitución: la intimidad no es el idioma tácito que traduciría —promoviendo la pasión a un estado superior, más puro, más sublime— la voz de la declaración de amor. El fundamentalismo amoroso obliga a elegir: o hablar o mirarse —y decide que entre el intercambio verbal y la comunicación íntima, entre el diálogo de las lenguas y el de las almas —para decirlo de un modo escandalosamente anacrónico—, no hay una diferencia de grados ni de modos sino, casi, de calidad de pasión. (¿Cuánto hace que vivimos acomplejados por ese culto de la inmediatez, de la empatía directa, de la comunión física afásica? Yo, treinta años, por lo menos. Desde Último tango en París, supongo, cuya defensa de la pasión logofóbica, retomada hace poco por un film sosías llamado precisamente Intimidad, es reivindicada por el cine occidental con una llamativa regularidad.) Así, los enamorados que se hablan serían precisamente los que menos tienen que decirse, y la locuacidad, no importa lo inspirada que sea, el ersatz maníaco de una magia que sólo se manifiesta en el silencio: la magia de una presencia o, en el caso del amor, de una co-presencia.
Pero esa superstición, absorta a tal punto en el fetichismo de la "experiencia interior" que sería capaz de denunciar por traición todo aquello que alterara su "originalidad", ignora o más bien reprime las intervenciones con que el lenguaje no deja de participar, de atacar, de mezclarse con la intimidad. Sin el rezo y la confesión, operaciones rituales de la religión, sería difícil concebir el cara a cara simbólico entre el creyente y su Dios, y es raro que la sintonía amorosa, por plena y autosuficiente que sea, no se convierta a menudo en teatro de la confidencia. Estas formas de dar voz a la intimidad son quizá las más retóricas, las más institucionalizadas, y por lo tanto las que más distancia parecen poner —para decirlo en términos de cine— entre la imagen y el sonido del plano íntimo. Pero no son las únicas. Si la intimidad es el vértigo de un puro ensimismamiento o la onda expansiva de un encuentro entre dos polos amorosos, es preciso de algún modo que el idioma que la hable, para hablarla realmente, y no simplemente para añadirle una línea de diálogo, sea menos un discurso que una emanación, menos una frase —con su arquitectura, su cierre, su legibilidad— que un flujo informe de exabruptos, suerte de secreción logosomática, a medias verbal, a medias física, que va y viene entre los íntimos igual que una mirada, un lapsus corporal o una resonancia térmica.
Fascinado por esa versión hardcore de la intimidad que es la experiencia mística, Ignacio de Loyola encontró ambos tesoros —la secreción, el flujo logosomático— en el trance del éxtasis: la secreción eran las lágrimas, que afloraban regularmente a sus ojos a lo largo del día, a veces hasta 40 veces, durante los oficios religiosos pero también antes, después y fuera de la agenda estipulada por la iglesia, y que escrutaba y describía luego con el cuidado de un contador; y al idioma de la intimidad mística —la efusión de exabruptos— lo llamaba loquela, suerte de balbuceo insensato, en el límite entre el afecto y la alucinación, que más que emitido por el místico parecía irrumpir y resonar en él, en la cámara acústica en la que el trance lo convertía. Años más tarde, Roland Barthes fue un poco más lejos y usó la noción de loquela para fundir en una misma escena psicótica la efervescencia íntima del místico y el monólogo interior sin fin del enamorado: releído por Barthes, el idiolecto embriagado de Ignacio de Loyola era ahora la "fiebre de lenguaje", el "desfile de razones, interpretaciones, alocuciones" que el estímulo más ínfimo —una herida, un signo incierto, un comportamiento desconcertante— desencadenan en el sujeto amoroso.
Las lágrimas como desechos cotidianos, el ejercicio espiritual de la contabilidad, la disciplina del autoexamen, la tentativa más o menos desesperada de escuchar la lengua en la que hablaría la intimidad: todo nos lleva al diario íntimo. Todo —empezando por la evidencia de que si el género tuviera que elegir alguna matriz ilustre pero todavía embrionaria, sin duda reivindicaría las dos experiencias de escritura —el libro de los Ejercicios espirituales y el Diario— en las que Ignacio de Loyola desplegó esa dimensión endoscópica que la mística cristiana descubría antes que la filosofía. En sus Diarios, Kafka someterá a examen la regularidad y calidad de sus evacuaciones como Ignacio las de sus sollozos, y Alejandra Pizarnik usará los suyos, entre otras cosas, para confesarse angustiada por la irrupción extemporánea de sus secreciones menstruales y poner en escena su propia loquela, emanada, en su caso, de esos "estados preliterarios e incluso, tal vez, preverbales" donde "la presencia central es la muerte sin figura o sin figuración".
Pero ¿qué es exactamente, de la intimidad, ese "fondo de mis fondos", como la llama Pizarnik, lo que pasa a las páginas del diario íntimo? Sin duda nada que tenga que ver con la verdad original de un sujeto. En parte porque lo que se juega en la esfera íntima, me parece, nunca es una identidad, un adn, la secreta esencia subjetiva que quedaría al desnudo una vez despellejadas las capas públicas que la disimulaban, sino más bien una frecuencia, una relación, un eco, o un horizonte de frecuencias, relaciones y ecos; y en parte, también, porque no hay diario íntimo que no empiece por entrecomillar, incluso por escarnecer —Gombrowicz, siempre Gombrowicz—, los prestigios de la sinceridad y la misión confesional. "¡No en vano una vive en pose!", se jacta sin pudor Pizarnik el 27 de junio de 1955. Y más adelante escribe: "Quiero continuar viviendo y mintiendo". Barthes, por otra parte, decía que todo diario de escritor se escribe en una voz arcaica, la voz media, que existía en el indoeuropeo y el griego clásico pero no llegó hasta nosotros: en el diario, el escritor no escribe sin escribirse al mismo tiempo; escribe afectándose, centrifugándose de algún modo por el proceso que él mismo desencadena; de ahí que la pregunta que ronda al género no sea tanto "¿Quién soy?" como "¿En qué me estoy transformando?"
Pero si no es una verdad subjetiva última, si no es ese Santo Grial que el género, con su vocación histriónica y su dinámica mutante, declara perfectamente impertinente, ¿cuál es el núcleo crucial, la parte íntima de la intimidad que el diario toca, ese nudo tan constitutivo que sin él nada de lo que la sostiene como ecosistema, habitat, atmósfera, podría tenerse en pie? Yo diría, en principio, algo tan antiguo y tan pasado de moda como la relación de proximidad. Como la intimidad, fundada en el sueño de una distancia en grado cero, todo diario es un sistema de producción de cercanía, de vecindad, incluso de contemporaneidad. Democrático y voraz, el diario íntimo se permite incorporarlo todo: lo banal y lo extraordinario, lo personal y lo histórico, lo insignificante y lo admirable. Y si a menudo sufre la misma condescendencia, el mismo desdén, incluso, que sufre la intimidad, objeto demasiado precario para merecer una teoría, pasatiempo burgués, cuchicheo de boudoir agradable y hasta voluptuoso pero siempre inofensivo, como lo estigmatizan sus detractores, no es porque deje afuera lo público o lo político —las "verdaderas" cuestiones que merecen ser pensadas— sino más bien porque lo público y lo político aparecen en él despojados de todo privilegio, destituidos del prestigio jerárquico que se les suele atribuir, al mismo nivel, por ejemplo, que un comentario al paso sobre la cavidad que el dentista acaba de abrir en una boca, la mención de un almuerzo anodino y feliz o el relato de una conquista amorosa. (Es curioso que siempre se le exija a la intimidad, fatalmente sospechada de narcisismo y de indiferencia, que "incorpore" lo político o lo público, y que en cambio se pase por alto el modo como mínimo singular, es decir sintomático, en que lo político entra a menudo en aleación con la experiencia y el idioma de la intimidad. Pienso, por ejemplo, en una novela como El beso de la mujer araña, quizá la primera ficción argentina que articuló que producir intimidad podía ser una utopía política. Y pienso en la "Carta a mis amigos" de Rodolfo Walsh, híbrido de documento de denuncia y testimonio personal donde Walsh, que se propone explicar cómo y por qué su hija Vicky fue asesinada por el ejército, moviliza un verdadero aparato crítico-íntimo alrededor de la versión "oficial" de los hechos, iluminando los puntos opacos del informe de un soldado a la luz de la intimidad paterno-filial. "He visto la escena con sus ojos", escribe Walsh, más próximo que nunca a su hija, y la lógica de un discurso político tensado por la intimidad con la muerte se exaspera hasta la insoportable.)
Dentro de esta lógica de las proximidades, el primer "prójimo" del escritor, previsiblemente, es la Frase, que define por sí sola la singularidad de las relaciones en el espacio íntimo del diario. Porque la frase, que es lo más familiar, lo más heimlich, diría Freud, es también lo unheimlich por excelencia. Elías Canetti observa que la frase es "siempre un Otro en relación a quien la escribe. Se alza ante él como algo extraño, como una muralla repentina y sólida que no puede salvar de un salto. Podría tal vez contornearla, pero incluso antes de llegar al otro extremo ve surgir, en ángulo agudo con respecto a ella, una nueva muralla, una nueva frase, no menos extraña, no menos sólida y alta". Imposible salvar la frase-muro de un salto; a lo sumo lo que se puede, sugiere Canetti, es contornearla, una operación que condensa a la perfección el espectro de sutilezas proxémicas que pone en juego el diario íntimo. "No comprendo el lenguaje y es lo único que tengo", escribe Pizarnik. "Lo tengo, sí, pero no lo soy. Es como poseer una enfermedad o ser poseída por ella sin que se produzca ningún encuentro, porque la enferma lucha por su lado —sola— con la enfermedad que hace lo mismo". Y apenas un poco más adelante: "No comprendo el lenguaje. Sólo me atengo al lenguaje". El drama de poseer y no ser, de ser poseída y quedar excluida de la posibilidad de un encuentro, de no poder penetrar y sólo atenerse: he aquí una de las catástrofes íntimas más persistentes de los Diarios de Pizarnik, y quizá la prueba más radical de que la relación de proximidad, lejos de garantizar finales felices, suele sembrar lo íntimo con semillas siniestras.
(A propósito de cosas siniestras: recuerdo ahora un capítulo de Seinfeld, esa enciclopedia que panea sobre la intimidad contemporánea como gigantesco vacío legal, en el que Jerry salía con una extraña mujer bifronte, una especie de Jano que en la intimidad, cuando acercaba su rostro al de Jerry, era atractiva o repugnante, una belleza o un monstruo, según el modo peculiar en que le pegaba la luz de la escena. Además de ilustrar el vértigo freudiano en que lo familiar se vuelve inquietante, el episodio ponía en evidencia hasta qué punto lo que llamamos intimidad es ante todo, antes incluso que el teatro de un encuentro personal, un medio ambiente, un campo atmosférico, un microclima en el que variables aleatorias como el aire, la temperatura, la luz o el entorno sonoro, tradicionalmente desdeñadas como decorativas, tienen a menudo un peso más decisivo que la intención, el deseo, el sentimiento u otras variables subjetivas. De hecho, cuando Barthes, después de dejarlas dormir un tiempo, meses, años, vuelve sobre las entradas que ha consignado en su diario y las relee, lo que recupera, además del placer de la rememoración, no son los hechos, no son los momentos introspectivos fuertes, no es el hueso duro de lo íntimo; es justamente ese tipo de contingencias: una luz, una calidad ambiental, el signo peculiar de una atmósfera, toda una serie de "inflexiones", como él mismo las llama, que a menudo ni siquiera figuran en el papel, que nunca fueron anotadas y que ahora, conjuradas por la retrospección, parecen despuntar, pistas-fantasma de la experiencia íntima, en el intersticio que se abre entre dos notas.)
Querido diario: la clásica fórmula kitsch del género ya postulaba la cercanía como condición básica de la interlocución. Toda la escena de la intimidad —alianza, complicidad, confianza— está como resumida en la fórmula: mi diario y yo juntos, solos, encerrados en nuestra burbuja, lejos, o más bien exiliados de esa región sin límites donde se dilata el mundo. Pizarnik, poeta moderna, se cuida muy bien de patinar en el anacronismo, pero la fórmula que acuña, su modo propio de pensar a qué distancia, qué clase de intervalo se interpone entre ella y su diario, insiste en lo mismo: "En esa época", escribe, aludiendo a 1955, "me levantaba y me ponía la ropa y mi diario íntimo (una especie de «prenda íntima»), y antes de acostarme me desnudaba del diario y de la ropa". Si el diario es íntimo no es sólo porque cuenta o pretende contar la intimidad, sino también, y sobre todo, porque es lo que está abismalmente cerca, traje, segunda piel, placenta, membrana que abriga o encripta, y porque tiende —arrastrando a su autor, a su prójimo más próximo en la tendencia— a ese horizonte simbiótico del que acaso toda intimidad no sea más que un eco.
En 1955, Pizarnik, al parecer, "escribía mis importantes acontecimientos en una maldita prosa contemporánea a ellos". Esa contemporaneidad es la otra vocación profunda de cercanía que vuelve íntimo al diario íntimo: ya no es la proximidad, siempre explícita en el género, que liga cada entrada, cada anotación, con lo más interno del cuerpo del que la escribe, el estómago o la digestión en Kafka, el útero, cuya existencia constata "haciendo uso del dedo índice", o incluso el ano en Pizarnik, pliegues orgánicos recónditos, tan inaccesibles para el resto de los mortales como imaginarios, que el diario no deja de monitorear en un infatigable ejercicio de disciplina endoscópica; ahora, el polo de atracción al que el diario se acerca abismalmente, con todos sus sensores meteorológicos en estado de alerta, es el presente, lo que Proust llamaba "las músicas sucesivas de los días" —tanto, incluso, que se diría que es el diario mismo el que las compone. Aunque en desventaja con los weblogs, esos diarios en vivo que funden en un mismo espacio, el de la pantalla, el momento de la escritura con el de la lectura, el ensimismamiento y la exhibición, el diario escrito se define por esa inclinación fatal, por esa tendencia a adherir, a intimar con el presente. De ahí tal vez su cualidad más enigmática: su frescura, que Barthes, puesto a detectarla en alguna otra forma literaria, sólo reconocía en una: el haiku. Como la entrada de diario, el haiku es un recorte que intercepta el flujo del ahora, es breve, atmosférico, se escribe en presente y siempre parece contestar las mismas preguntas: ¿dónde? y ¿cuándo? "El niño/ pasea el perro/ bajo la luna/ de verano", cita Barthes. Es un haiku, en efecto, pero bien podría ser una de las descripciones tenues, atómicas, atónitas, que componen El peso del mundo, el diario de Peter Handke. ¿Cómo puede haber intimidad en algo tan neutro, tan deshidratado, tan impersonal como una descripción? La lección del haiku es también la del diario: una vez más, el efecto íntimo no es confesional, no procede de ninguna revelación: es el efecto de la proximidad, la concomitancia entre dos instantes heterogéneos: el del estímulo y el de la anotación. La verdad del diario, como la del haiku, es la verdad que irrumpe cuando la serie del lenguaje se cruza con la del presente.
En los Diarios de Pizarnik, ese punto de intersección tiene un nombre y marca un tope, una especie de límite, como un máximo de intimidad: Pizarnik lo llama mi herida. "Nombrar mi herida", dice: "eso torcido acerca de lo cual quiero escribir". Pero ¿cómo escribirlo? ¿Cómo —si no es con una mano ya torcida, ya marcada por la lastimadura sobre la que se abisma? Porque la herida no se deja reducir a un contenido o un "tema", no importa lo cruciales que sean. No.
La herida es el estilo. (Cuando escribe su diario íntimo —pero únicamente en esa circunstancia—, Rita, de 12 años, vuelve a aferrar la lapicera como cuando empezó a escribir: con cuatro dedos —no tres— que se ensortijan alrededor de la pluma como raíces, una técnica idiosincrática que la escuela combatió siempre, sistemáticamente, por "aberrante", pero que resucita sin que ella se dé cuenta cada vez que escucha el llamado de lo íntimo.)La herida es el estilo, y el estilo es la relación de intimidad —cercanía y estupor, posesión y alteridad radical— con la lengua. "Un temblor constante allí donde los demás piensan", escribe Pizarnik. La herida es lo más íntimo, sí, lo que crece y supura "en el fondo de mis fondos", pero es también lo primero que aparece, lo que salta a la vista, como se dice, o lo que sería imposible no escuchar, a primera oída, en la prosa torcida de Pizarnik. La herida —ese "defecto excepcional" del que, según Blanchot, "nos vienen la cercanía amenazada de la plenitud y una luz nueva"— da vuelta el pliegue más íntimo hasta convertirlo en un exterior, una evidencia, piel flagrante que nunca antes habíamos visto o —mejor— banda sonora aberrante, irreconocible, que sin embargo no deja de resonar en nosotros. Si hay una escena íntima en los Diarios de Pizarnik, esa escena es el cara a cara, a la vez duelo y abrazo, con el temblor que corrompe su proximidad con el lenguaje. "Imposibilidad de formar oraciones, de conservar la tradicional estructura gramatical", escribe Pizarnik. "Es que me falta el sujeto. Luego, me falta el verbo. Queda un predicado mutilado, quedan harapos de atributos que no sé a quién o a qué regalar. Esto se debe a la falta de sentido de mis elementos internos".
Es un problema musical. Porque del temblor, de "ese lugar al que se refieren los demás cuando dicen «alma»", de la "afasia" y la "arritmia" —los dos grandes males que Pizarnik se diagnostica—, lo que nace, lo que Pizarnik hace nacer, es una música, una música torcida, única como la huella que deja un pie herido, una música tan singular que merecería el nombre de idiota. Música: es decir, desde el experimento de Ulises y las sirenas, la fuerza mayor, la forma más irresistible de producción de intimidad: la que existe en el aire y resuena en las profundidades del plexo, la que viaja y enlaza, penetra y fecunda y obliga al otro a la más íntima de las proximidades: a arder en un fuego extraño.
Octubre 2005
Alan Pauls
Yo escribo a falta de una mano en mi mano, a falta de dos ojos frente a los míos, a falta de un cuerpo exterior a mí sobre el cual apoyarme —un minuto siquiera— y llorar. (Lágrimas visibles, que se puedan secar, que la mano deseada pueda enjugar.)
Alejandra Pizarnik, Diarios.
Según una superstición bastante difundida, lo verdaderamente íntimo no se dice. Es lo que no acepta declararse, lo que no se deja tocar por el relato. No tanto por inconfesable (eso sería lo privado, que es como el gemelo usurpador, la parodia, el alter ego cínico de lo íntimo) como por inefable o por remoto: por estar de algún modo más allá o más acá del lenguaje. Es como si acceder a lo íntimo exigiera una travesía demasiado larga, demasiado intrincada, y ninguna de las descripciones que en principio podrían retratarlo lograran sobrevivir al viaje de regreso. Sólo que esa condición muda, esa facultad de resistir al lenguaje, son la marca menos de un déficit que de una potencia: en verdad, lo íntimo es lo que se da el lujo de prescindir de las palabras. Es el lugar común del discurso amoroso: los enamorados se dicen todo con sólo mirarse, sin tener que hablar, y esa especie de economía expresiva paradójica, completamente lacónica y completamente elocuente, es la evidencia misma de la verdad de la experiencia amorosa. No se trata de una sustitución: la intimidad no es el idioma tácito que traduciría —promoviendo la pasión a un estado superior, más puro, más sublime— la voz de la declaración de amor. El fundamentalismo amoroso obliga a elegir: o hablar o mirarse —y decide que entre el intercambio verbal y la comunicación íntima, entre el diálogo de las lenguas y el de las almas —para decirlo de un modo escandalosamente anacrónico—, no hay una diferencia de grados ni de modos sino, casi, de calidad de pasión. (¿Cuánto hace que vivimos acomplejados por ese culto de la inmediatez, de la empatía directa, de la comunión física afásica? Yo, treinta años, por lo menos. Desde Último tango en París, supongo, cuya defensa de la pasión logofóbica, retomada hace poco por un film sosías llamado precisamente Intimidad, es reivindicada por el cine occidental con una llamativa regularidad.) Así, los enamorados que se hablan serían precisamente los que menos tienen que decirse, y la locuacidad, no importa lo inspirada que sea, el ersatz maníaco de una magia que sólo se manifiesta en el silencio: la magia de una presencia o, en el caso del amor, de una co-presencia.
Pero esa superstición, absorta a tal punto en el fetichismo de la "experiencia interior" que sería capaz de denunciar por traición todo aquello que alterara su "originalidad", ignora o más bien reprime las intervenciones con que el lenguaje no deja de participar, de atacar, de mezclarse con la intimidad. Sin el rezo y la confesión, operaciones rituales de la religión, sería difícil concebir el cara a cara simbólico entre el creyente y su Dios, y es raro que la sintonía amorosa, por plena y autosuficiente que sea, no se convierta a menudo en teatro de la confidencia. Estas formas de dar voz a la intimidad son quizá las más retóricas, las más institucionalizadas, y por lo tanto las que más distancia parecen poner —para decirlo en términos de cine— entre la imagen y el sonido del plano íntimo. Pero no son las únicas. Si la intimidad es el vértigo de un puro ensimismamiento o la onda expansiva de un encuentro entre dos polos amorosos, es preciso de algún modo que el idioma que la hable, para hablarla realmente, y no simplemente para añadirle una línea de diálogo, sea menos un discurso que una emanación, menos una frase —con su arquitectura, su cierre, su legibilidad— que un flujo informe de exabruptos, suerte de secreción logosomática, a medias verbal, a medias física, que va y viene entre los íntimos igual que una mirada, un lapsus corporal o una resonancia térmica.
Fascinado por esa versión hardcore de la intimidad que es la experiencia mística, Ignacio de Loyola encontró ambos tesoros —la secreción, el flujo logosomático— en el trance del éxtasis: la secreción eran las lágrimas, que afloraban regularmente a sus ojos a lo largo del día, a veces hasta 40 veces, durante los oficios religiosos pero también antes, después y fuera de la agenda estipulada por la iglesia, y que escrutaba y describía luego con el cuidado de un contador; y al idioma de la intimidad mística —la efusión de exabruptos— lo llamaba loquela, suerte de balbuceo insensato, en el límite entre el afecto y la alucinación, que más que emitido por el místico parecía irrumpir y resonar en él, en la cámara acústica en la que el trance lo convertía. Años más tarde, Roland Barthes fue un poco más lejos y usó la noción de loquela para fundir en una misma escena psicótica la efervescencia íntima del místico y el monólogo interior sin fin del enamorado: releído por Barthes, el idiolecto embriagado de Ignacio de Loyola era ahora la "fiebre de lenguaje", el "desfile de razones, interpretaciones, alocuciones" que el estímulo más ínfimo —una herida, un signo incierto, un comportamiento desconcertante— desencadenan en el sujeto amoroso.
Las lágrimas como desechos cotidianos, el ejercicio espiritual de la contabilidad, la disciplina del autoexamen, la tentativa más o menos desesperada de escuchar la lengua en la que hablaría la intimidad: todo nos lleva al diario íntimo. Todo —empezando por la evidencia de que si el género tuviera que elegir alguna matriz ilustre pero todavía embrionaria, sin duda reivindicaría las dos experiencias de escritura —el libro de los Ejercicios espirituales y el Diario— en las que Ignacio de Loyola desplegó esa dimensión endoscópica que la mística cristiana descubría antes que la filosofía. En sus Diarios, Kafka someterá a examen la regularidad y calidad de sus evacuaciones como Ignacio las de sus sollozos, y Alejandra Pizarnik usará los suyos, entre otras cosas, para confesarse angustiada por la irrupción extemporánea de sus secreciones menstruales y poner en escena su propia loquela, emanada, en su caso, de esos "estados preliterarios e incluso, tal vez, preverbales" donde "la presencia central es la muerte sin figura o sin figuración".
Pero ¿qué es exactamente, de la intimidad, ese "fondo de mis fondos", como la llama Pizarnik, lo que pasa a las páginas del diario íntimo? Sin duda nada que tenga que ver con la verdad original de un sujeto. En parte porque lo que se juega en la esfera íntima, me parece, nunca es una identidad, un adn, la secreta esencia subjetiva que quedaría al desnudo una vez despellejadas las capas públicas que la disimulaban, sino más bien una frecuencia, una relación, un eco, o un horizonte de frecuencias, relaciones y ecos; y en parte, también, porque no hay diario íntimo que no empiece por entrecomillar, incluso por escarnecer —Gombrowicz, siempre Gombrowicz—, los prestigios de la sinceridad y la misión confesional. "¡No en vano una vive en pose!", se jacta sin pudor Pizarnik el 27 de junio de 1955. Y más adelante escribe: "Quiero continuar viviendo y mintiendo". Barthes, por otra parte, decía que todo diario de escritor se escribe en una voz arcaica, la voz media, que existía en el indoeuropeo y el griego clásico pero no llegó hasta nosotros: en el diario, el escritor no escribe sin escribirse al mismo tiempo; escribe afectándose, centrifugándose de algún modo por el proceso que él mismo desencadena; de ahí que la pregunta que ronda al género no sea tanto "¿Quién soy?" como "¿En qué me estoy transformando?"
Pero si no es una verdad subjetiva última, si no es ese Santo Grial que el género, con su vocación histriónica y su dinámica mutante, declara perfectamente impertinente, ¿cuál es el núcleo crucial, la parte íntima de la intimidad que el diario toca, ese nudo tan constitutivo que sin él nada de lo que la sostiene como ecosistema, habitat, atmósfera, podría tenerse en pie? Yo diría, en principio, algo tan antiguo y tan pasado de moda como la relación de proximidad. Como la intimidad, fundada en el sueño de una distancia en grado cero, todo diario es un sistema de producción de cercanía, de vecindad, incluso de contemporaneidad. Democrático y voraz, el diario íntimo se permite incorporarlo todo: lo banal y lo extraordinario, lo personal y lo histórico, lo insignificante y lo admirable. Y si a menudo sufre la misma condescendencia, el mismo desdén, incluso, que sufre la intimidad, objeto demasiado precario para merecer una teoría, pasatiempo burgués, cuchicheo de boudoir agradable y hasta voluptuoso pero siempre inofensivo, como lo estigmatizan sus detractores, no es porque deje afuera lo público o lo político —las "verdaderas" cuestiones que merecen ser pensadas— sino más bien porque lo público y lo político aparecen en él despojados de todo privilegio, destituidos del prestigio jerárquico que se les suele atribuir, al mismo nivel, por ejemplo, que un comentario al paso sobre la cavidad que el dentista acaba de abrir en una boca, la mención de un almuerzo anodino y feliz o el relato de una conquista amorosa. (Es curioso que siempre se le exija a la intimidad, fatalmente sospechada de narcisismo y de indiferencia, que "incorpore" lo político o lo público, y que en cambio se pase por alto el modo como mínimo singular, es decir sintomático, en que lo político entra a menudo en aleación con la experiencia y el idioma de la intimidad. Pienso, por ejemplo, en una novela como El beso de la mujer araña, quizá la primera ficción argentina que articuló que producir intimidad podía ser una utopía política. Y pienso en la "Carta a mis amigos" de Rodolfo Walsh, híbrido de documento de denuncia y testimonio personal donde Walsh, que se propone explicar cómo y por qué su hija Vicky fue asesinada por el ejército, moviliza un verdadero aparato crítico-íntimo alrededor de la versión "oficial" de los hechos, iluminando los puntos opacos del informe de un soldado a la luz de la intimidad paterno-filial. "He visto la escena con sus ojos", escribe Walsh, más próximo que nunca a su hija, y la lógica de un discurso político tensado por la intimidad con la muerte se exaspera hasta la insoportable.)
Dentro de esta lógica de las proximidades, el primer "prójimo" del escritor, previsiblemente, es la Frase, que define por sí sola la singularidad de las relaciones en el espacio íntimo del diario. Porque la frase, que es lo más familiar, lo más heimlich, diría Freud, es también lo unheimlich por excelencia. Elías Canetti observa que la frase es "siempre un Otro en relación a quien la escribe. Se alza ante él como algo extraño, como una muralla repentina y sólida que no puede salvar de un salto. Podría tal vez contornearla, pero incluso antes de llegar al otro extremo ve surgir, en ángulo agudo con respecto a ella, una nueva muralla, una nueva frase, no menos extraña, no menos sólida y alta". Imposible salvar la frase-muro de un salto; a lo sumo lo que se puede, sugiere Canetti, es contornearla, una operación que condensa a la perfección el espectro de sutilezas proxémicas que pone en juego el diario íntimo. "No comprendo el lenguaje y es lo único que tengo", escribe Pizarnik. "Lo tengo, sí, pero no lo soy. Es como poseer una enfermedad o ser poseída por ella sin que se produzca ningún encuentro, porque la enferma lucha por su lado —sola— con la enfermedad que hace lo mismo". Y apenas un poco más adelante: "No comprendo el lenguaje. Sólo me atengo al lenguaje". El drama de poseer y no ser, de ser poseída y quedar excluida de la posibilidad de un encuentro, de no poder penetrar y sólo atenerse: he aquí una de las catástrofes íntimas más persistentes de los Diarios de Pizarnik, y quizá la prueba más radical de que la relación de proximidad, lejos de garantizar finales felices, suele sembrar lo íntimo con semillas siniestras.
(A propósito de cosas siniestras: recuerdo ahora un capítulo de Seinfeld, esa enciclopedia que panea sobre la intimidad contemporánea como gigantesco vacío legal, en el que Jerry salía con una extraña mujer bifronte, una especie de Jano que en la intimidad, cuando acercaba su rostro al de Jerry, era atractiva o repugnante, una belleza o un monstruo, según el modo peculiar en que le pegaba la luz de la escena. Además de ilustrar el vértigo freudiano en que lo familiar se vuelve inquietante, el episodio ponía en evidencia hasta qué punto lo que llamamos intimidad es ante todo, antes incluso que el teatro de un encuentro personal, un medio ambiente, un campo atmosférico, un microclima en el que variables aleatorias como el aire, la temperatura, la luz o el entorno sonoro, tradicionalmente desdeñadas como decorativas, tienen a menudo un peso más decisivo que la intención, el deseo, el sentimiento u otras variables subjetivas. De hecho, cuando Barthes, después de dejarlas dormir un tiempo, meses, años, vuelve sobre las entradas que ha consignado en su diario y las relee, lo que recupera, además del placer de la rememoración, no son los hechos, no son los momentos introspectivos fuertes, no es el hueso duro de lo íntimo; es justamente ese tipo de contingencias: una luz, una calidad ambiental, el signo peculiar de una atmósfera, toda una serie de "inflexiones", como él mismo las llama, que a menudo ni siquiera figuran en el papel, que nunca fueron anotadas y que ahora, conjuradas por la retrospección, parecen despuntar, pistas-fantasma de la experiencia íntima, en el intersticio que se abre entre dos notas.)
Querido diario: la clásica fórmula kitsch del género ya postulaba la cercanía como condición básica de la interlocución. Toda la escena de la intimidad —alianza, complicidad, confianza— está como resumida en la fórmula: mi diario y yo juntos, solos, encerrados en nuestra burbuja, lejos, o más bien exiliados de esa región sin límites donde se dilata el mundo. Pizarnik, poeta moderna, se cuida muy bien de patinar en el anacronismo, pero la fórmula que acuña, su modo propio de pensar a qué distancia, qué clase de intervalo se interpone entre ella y su diario, insiste en lo mismo: "En esa época", escribe, aludiendo a 1955, "me levantaba y me ponía la ropa y mi diario íntimo (una especie de «prenda íntima»), y antes de acostarme me desnudaba del diario y de la ropa". Si el diario es íntimo no es sólo porque cuenta o pretende contar la intimidad, sino también, y sobre todo, porque es lo que está abismalmente cerca, traje, segunda piel, placenta, membrana que abriga o encripta, y porque tiende —arrastrando a su autor, a su prójimo más próximo en la tendencia— a ese horizonte simbiótico del que acaso toda intimidad no sea más que un eco.
En 1955, Pizarnik, al parecer, "escribía mis importantes acontecimientos en una maldita prosa contemporánea a ellos". Esa contemporaneidad es la otra vocación profunda de cercanía que vuelve íntimo al diario íntimo: ya no es la proximidad, siempre explícita en el género, que liga cada entrada, cada anotación, con lo más interno del cuerpo del que la escribe, el estómago o la digestión en Kafka, el útero, cuya existencia constata "haciendo uso del dedo índice", o incluso el ano en Pizarnik, pliegues orgánicos recónditos, tan inaccesibles para el resto de los mortales como imaginarios, que el diario no deja de monitorear en un infatigable ejercicio de disciplina endoscópica; ahora, el polo de atracción al que el diario se acerca abismalmente, con todos sus sensores meteorológicos en estado de alerta, es el presente, lo que Proust llamaba "las músicas sucesivas de los días" —tanto, incluso, que se diría que es el diario mismo el que las compone. Aunque en desventaja con los weblogs, esos diarios en vivo que funden en un mismo espacio, el de la pantalla, el momento de la escritura con el de la lectura, el ensimismamiento y la exhibición, el diario escrito se define por esa inclinación fatal, por esa tendencia a adherir, a intimar con el presente. De ahí tal vez su cualidad más enigmática: su frescura, que Barthes, puesto a detectarla en alguna otra forma literaria, sólo reconocía en una: el haiku. Como la entrada de diario, el haiku es un recorte que intercepta el flujo del ahora, es breve, atmosférico, se escribe en presente y siempre parece contestar las mismas preguntas: ¿dónde? y ¿cuándo? "El niño/ pasea el perro/ bajo la luna/ de verano", cita Barthes. Es un haiku, en efecto, pero bien podría ser una de las descripciones tenues, atómicas, atónitas, que componen El peso del mundo, el diario de Peter Handke. ¿Cómo puede haber intimidad en algo tan neutro, tan deshidratado, tan impersonal como una descripción? La lección del haiku es también la del diario: una vez más, el efecto íntimo no es confesional, no procede de ninguna revelación: es el efecto de la proximidad, la concomitancia entre dos instantes heterogéneos: el del estímulo y el de la anotación. La verdad del diario, como la del haiku, es la verdad que irrumpe cuando la serie del lenguaje se cruza con la del presente.
En los Diarios de Pizarnik, ese punto de intersección tiene un nombre y marca un tope, una especie de límite, como un máximo de intimidad: Pizarnik lo llama mi herida. "Nombrar mi herida", dice: "eso torcido acerca de lo cual quiero escribir". Pero ¿cómo escribirlo? ¿Cómo —si no es con una mano ya torcida, ya marcada por la lastimadura sobre la que se abisma? Porque la herida no se deja reducir a un contenido o un "tema", no importa lo cruciales que sean. No.
La herida es el estilo. (Cuando escribe su diario íntimo —pero únicamente en esa circunstancia—, Rita, de 12 años, vuelve a aferrar la lapicera como cuando empezó a escribir: con cuatro dedos —no tres— que se ensortijan alrededor de la pluma como raíces, una técnica idiosincrática que la escuela combatió siempre, sistemáticamente, por "aberrante", pero que resucita sin que ella se dé cuenta cada vez que escucha el llamado de lo íntimo.)La herida es el estilo, y el estilo es la relación de intimidad —cercanía y estupor, posesión y alteridad radical— con la lengua. "Un temblor constante allí donde los demás piensan", escribe Pizarnik. La herida es lo más íntimo, sí, lo que crece y supura "en el fondo de mis fondos", pero es también lo primero que aparece, lo que salta a la vista, como se dice, o lo que sería imposible no escuchar, a primera oída, en la prosa torcida de Pizarnik. La herida —ese "defecto excepcional" del que, según Blanchot, "nos vienen la cercanía amenazada de la plenitud y una luz nueva"— da vuelta el pliegue más íntimo hasta convertirlo en un exterior, una evidencia, piel flagrante que nunca antes habíamos visto o —mejor— banda sonora aberrante, irreconocible, que sin embargo no deja de resonar en nosotros. Si hay una escena íntima en los Diarios de Pizarnik, esa escena es el cara a cara, a la vez duelo y abrazo, con el temblor que corrompe su proximidad con el lenguaje. "Imposibilidad de formar oraciones, de conservar la tradicional estructura gramatical", escribe Pizarnik. "Es que me falta el sujeto. Luego, me falta el verbo. Queda un predicado mutilado, quedan harapos de atributos que no sé a quién o a qué regalar. Esto se debe a la falta de sentido de mis elementos internos".
Es un problema musical. Porque del temblor, de "ese lugar al que se refieren los demás cuando dicen «alma»", de la "afasia" y la "arritmia" —los dos grandes males que Pizarnik se diagnostica—, lo que nace, lo que Pizarnik hace nacer, es una música, una música torcida, única como la huella que deja un pie herido, una música tan singular que merecería el nombre de idiota. Música: es decir, desde el experimento de Ulises y las sirenas, la fuerza mayor, la forma más irresistible de producción de intimidad: la que existe en el aire y resuena en las profundidades del plexo, la que viaja y enlaza, penetra y fecunda y obliga al otro a la más íntima de las proximidades: a arder en un fuego extraño.
Octubre 2005
ALGO CONTIGO
Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo
es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo
ya no puedo acercarme a tu boca sin deseártela de una manera loca
necesito controlar tu vida, saber quién te besa y quién te abriga.
Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo
es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo
ya no puedo continuar espiando, día y noche tu llegar adivinando.
ya no sé con que inocente excusa pasar por tu casa
ya me quedan tan pocos caminos y aunque pueda parecerte un desatino
no quisiera yo morirme sin tener algo contigo.
Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo
es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo
ya no puedo acercarme a tu boca sin deseártela de una manera loca
necesito niña controlar tu vida, saber quién te besa y quién te abriga
ya me quedan muy pocos caminos y aunque pueda parecerte un desatino
no quisiera yo morirme sin tener algo contigo.
Algo contigo, algo contigo
niña no quisiera yo morirme sin tener
algo contigo, algo contigo, algo contigo.
triste el destino que me espera sin poderte conocer
algo contigo, algo contigo, algo contigo.
ya no hay excusa, ya no hay nada que tenga que perder
algo contigo
como un esclavo,
algo contigo
esclavo para siempre no me importaría ser,
algo contigo
eternamente esclavo,
niña no quisiera yo morirme sin tener
algo contigo, algo contigo, algo contigo.
triste el destino que me espera sin poderte conocer
algo contigo
es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo
ya no puedo acercarme a tu boca sin deseártela de una manera loca
necesito controlar tu vida, saber quién te besa y quién te abriga.
Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo
es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo
ya no puedo continuar espiando, día y noche tu llegar adivinando.
ya no sé con que inocente excusa pasar por tu casa
ya me quedan tan pocos caminos y aunque pueda parecerte un desatino
no quisiera yo morirme sin tener algo contigo.
Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo
es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo
ya no puedo acercarme a tu boca sin deseártela de una manera loca
necesito niña controlar tu vida, saber quién te besa y quién te abriga
ya me quedan muy pocos caminos y aunque pueda parecerte un desatino
no quisiera yo morirme sin tener algo contigo.
Algo contigo, algo contigo
niña no quisiera yo morirme sin tener
algo contigo, algo contigo, algo contigo.
triste el destino que me espera sin poderte conocer
algo contigo, algo contigo, algo contigo.
ya no hay excusa, ya no hay nada que tenga que perder
algo contigo
como un esclavo,
algo contigo
esclavo para siempre no me importaría ser,
algo contigo
eternamente esclavo,
niña no quisiera yo morirme sin tener
algo contigo, algo contigo, algo contigo.
triste el destino que me espera sin poderte conocer
algo contigo
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